jueves, 11 de octubre de 2007

Marcos (I parte)

Marcos nació de la inspiración de "12 cuentos peregrinos" de Gabriel García Márquez hace ya un año. Algo me atrapó. Imaginé una situación y la maximicé como pude. No es nada que no se haya leído antes, ni nada que no se conozca. Marcos fue una idea y se convirtió en una realidad guardada en mi computadora, fue un "quizás" y un "qué pasaría si..." y hoy por hoy, pasado un año, luego de "fermentado", consigo pedacitos de mi y de otros. Por eso le agradezco a Anfibia y a Belladona que me ayudaron mucho en una de esas descripciones imposibles para mi y por un poco de inspiración. Marcos no es gran cosa, pero si un sentimiento general y un pensamiento callado de muchos que han pasado por casi lo mismo.

Llevaba rato pensando en como empezar. Estaba muy callado. Su mente divagaba, sentía que la respiración estaba un poco más lenta de lo normal, pero lo ignoró. Con sus manos sudorosas cubrió su rostro, estaba cansado, había bebido demasiado y las lágrimas derramadas hacían que en su cara se reflejara más edad de la que en realidad llevaba a cuestas. Se levantó del sofá, agarró el teléfono y se dispuso a marcar el número. Lo sabía de memoria. Tantas llamadas hechas a medianoche hacen que tus manos disquen automáticamente. El repique del teléfono lo ponía nervioso. Se acobardó. Decidió saborear un cigarrillo antes de llamar de nuevo.

Marcos tenía ocho años sin fumar hasta esa semana, esa horrible y triste semana en que no hacía mas nada excepto llorar. Casi se le había olvidado lo relajante que era sentir el humo dentro de su boca. Gracias a eso, los recuerdos de hace ocho años regresaban mas a menudo. A veces le hacían esbozar una pícara sonrisa, pero había ocasiones en que tragaba con dificultad para evitar llorar. Se paseó por tercera vez su mano izquierda por su corto y castaño cabello. Reparó en que debía cortárselo un poco más. Arrugó la cara por lo superfluo de su pensamiento y recibió de nuevo el cigarrillo en su boca. Esta vez inhaló con fuerza. Soltaba el humo con cierta lentitud, disfrutaba lo amargo de su sabor, el penetrante olor, mientras una lágrima rodaba con el mismo compás por su cara. La depresión que sentía cada vez era más fuerte. Ya había superado el sentimiento de culpa que el fumar le hacía sentir. Ese temblor de dedos, ese sudor de frente, ese desespero por abrir la caja y encontrar allí la única cosa que podía acabar con sus ataques de ansiedad y cambiar un poco el sabor de su depresión. Al principio se sentía como un niño que hace algo indebido en casa, sentía que lo veían y lo juzgaban por volver a caer en aquel vicio innecesario, pero su estado no era nada normal, y adoptó al cigarrillo como su amigo callado y salvador, sólo por momentos. Empezó a respirar más rápido, más agitado. Era un llanto seco, con sollozos perennes y jadeantes. Llevaba toda la noche haciendo lo mismo, y ahora que eran las tres de la mañana, su realidad se había reducido a solo llorar para que pasaran las horas. La situación, vista desde un ángulo basado en lo objetivo y en lo absurdo, era simplemente estúpida, ¡Pero cómo dolía!

Continuará...

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