viernes, 11 de julio de 2008

[35 hormigas]

La conocí un día lluvioso. Las pequeñas gotas en mi pelo se lanzaban hasta mi camisa y morían en la tela. Odio a veces los días lluviosos. Ese era uno de ellos. Hasta que la vi a ella sentada en la acera de mi casa jugando con las hormigas. Me extrañó verla allí. No la conocía y no sabía por qué estaba justo en la entrada de mi casa. La seguí observando hasta llegar a la puerta. No podía ver su rostro, sus rizos lo tapaban. Me acerqué con cautela para no asustarla. Mientras lo hacía oí que susurraba: “veintidós, veintitrés…”. Contaba las hormigas que salían del árbol que está en frente de mi casa, una a una. Me causó gracia la singular faena. Al acercarme totalmente vi que en una de las ramas del árbol, estaban dos globos verdes atados con una cinta azul. Y seguía contando. “veintinueve, treinta, treinta y uno…”. Saltó al sentirme a sus espaldas y lanzó un grito. Yo no dije nada. Sólo la observé. Y… también me asusté. ¿Cómo no estarlo?. Era una niña dolorosamente hermosa. Tenía pecas sobre su nariz y pómulos. Ojos grandes y alegres. Boca perfectamente dibujada. Y esos rizos que jugaban en su cara. Duramos unos segundos en completo silencio. Yo, admirado. Y ella, no lo sé. Pensativa quizás. Al cabo de un rato, rompió el silencio. Su voz me arrugó el corazón. Entró despacio por mis oídos y se paseó por mi cabeza hasta producir ese latido punzante que jamás he podido olvidar. “Hay treinta y cinco hormigas jugando con mi dulce”.

Sonreí idiotizado, rondando con mi mirada toda su cara, su cabello… su boca. Era pequeña, frágil, pero con una mirada firme y tierna que podía asfixiar y entristecer. Sentí ganas inmensas de llorar, así que dirigí mi mirada a sus pies. Estaba descalza. Unas tres hormigas caminaban por su pie izquierdo. Volví a sonreír, aguantando el llanto que aún después de tantos años no consigo entender. Pero volvió a desplomarme. Su voz de nuevo me transportó.

-Te he estado observando- dijo. Subí muy rápido mi mirada hasta volver a encontrarme con sus ojos.

-Yo también-. Lloré por dentro.

Luego de un silencio breve, pasó algo que me ha dejado en vela desde entonces. Sin advertirlo, me besó. Fue momentáneo, dulce y letal. Quise abrazarla y retenerla. Llevarla lejos, guardarla para mi. Besar sus cabellos y contar sus pecas como ella contaba hormigas. Y no pude. “Te dejo mis globos. Ahora debo irme”.

No pude moverme, decir palabra. La vi irse despreocupada y feliz. Con la vida en sus pies. Moviendo sus manos como si bailaran. Lloré. Lloré profundo y callado. Me lloré sus pecas en mi memoria, sus ojos asfixiantes y luminosos, los dedos de sus pies, ese beso que me hurtó la vida en segundos. La amé tanto que la odié por irse y me odié por no haberla detenido. Odié ese árbol grisáceo como humo, la acera de mi casa. Odié la lluvia de nuevo.

Inocentemente, aún la espero. Quizás quiera venir a buscar sus globos algún día, los cuales dejaron de existir al día siguiente de su partida. Quizás quiera contar hormigas. Observarme a escondidas, como ahora sé que lo hacía, mientras yo odiaba la lluvia y me perdía. Quizás ha besado a otros tristes como yo. Pero aún la espero. Porque sé que su ligera figura, su despreocupada existencia, vendrá volando como pluma a la puerta de mi casa. Sólo para recordarme que los días con lluvia no son tan malos, que el amor espera y cuenta hormigas. Que el deseo se percibe en los silencios punzantes. Y que ambos te dejan todo, hasta esperar otra lluvia, otra vida.


Lunes. 19.05.08

[amenaza de modificación]

1 comentario:

Vanyz dijo...

la lluvia siempre, siempre genera estas cosas.
y los besos bajo la lluvia NO se comparan con nada.
(lamentablemente)


bs!